
No hay destino digno sin cultura nacional, no hay cultura nacional sin valores, no hay valores si no hay docentes capaces de vivirlos para poder enseñarlos. La docencia, entendida como tal, va mucho más allá de la simple transmisión de conocimientos, se ubica en un contexto social, institucional, grupal e individual, pues no todos los obstáculos a los que se enfrenta en el salón de clases se originan ahí solamente, sino que son reflejo de un problema social más amplio que repercute en la institución y por supuesto en el aula en el momento de la interacción. Por tanto, los educadores son delegados y deben mantener una estrecha y cordial relación con la familia de los alumnos, para colaborar con ella y para que ella colabore con los educadores en el mismo sentido.
“La docencia es una profesión emocionalmente apasionante, profundamente ética e intelectualmente exigente, cuya complejidad solamente es vivida por quienes solemos poner el cuerpo y el alma en el aula”
Para establecer un perfil coherente del profesorado hay que partir de una serena reflexión de qué es lo que la sociedad demanda de la educación, qué teorías educativas y del aprendizaje sustentan nuestra labor docente y con qué corrientes pedagógicas y metodológicas nos pretendemos desarrollar esa labor. En este sentido, el docente se enfrenta a un doble reto: por un lado, el de aprender a usar las TIC para su provecho personal, y por otro, el de llevar a cabo su incorporación en el aula. No se trata por tanto en establecer un perfil del docente que esté acorde con la era de las TIC, sino más bien de que el docente asuma como necesario e inherente a su profesión la necesidad de mantenerse en una permanente actitud de esfuerzo por el perfeccionamiento y actualización de sus técnicas didácticas y metodológicas por medio de la investigación y la evaluación de su práctica docente, a fin de enriquecerla. Necesitamos un docente primeramente humano y que utilice la tecnología. Debe estar seguro que el cambio se inicia con uno mismo y no esperar que alguien "haga" el cambio. En este sentido, lo más importante es implicarle e ilusionarle en un proyecto realista y con futuro. Si los maestros se sienten implicados en un proyecto interesante e innovador, fruto de un proceso interiorizado y sin imposición externa, las garantías de éxito son elevadas. “Ningún maestro responsable debería resistirse a las nuevas necesidades que aparecen con las T.I.C., adaptarse o irse”. Necesitamos un docente que trabaje en equipo, que colabore más en la construcción "colectiva" en la elaboración y la implementación del Proyecto Educativo Institucional. Debe favorecer la participación activa de los alumnos y dar espacios para que ellos tomen decisiones. Hay que hacer al estudiante cada vez más protagonista de su propio aprendizaje, y que los materiales producidos los puedan “publicar” o exponer en la red. Necesitamos un docente con espíritu crítico y análisis de calidad, para enseñar a los estudiantes a tener un juicio crítico sobre los medios de comunicación y las T.I.C. La selección y la aplicación de unos criterios de calidad se hacen no ya necesarios sino imprescindibles. Necesitamos que el docente posea competencias para planificar y programar, evaluar, distribuir el tiempo, el espacio, etc., potenciar la programación pluridisciplinar e interdisciplinar, ya que resulta crucial si queremos obtener el éxito en el trabajo y en especial con los medios informáticos ya que nada se puede dejar a la improvisación o el azar. Necesitamos un docente tolerante, que ponga freno al egoísmo que impide ver al otro con compasión. El objeto de la tolerancia son las diferencias inofensivas que no atentan contra la dignidad humana, así logrará tener un grupo heterogéneo que generará propuestas innovadoras que apuntarán a un mismo fin educacional.
El docente debe inculcar en la escuela conciencia política, sobre bases éticas; la conciencia social, sobre bases tradicionalmente cristianas. Así el ciudadano adulto tendrá capacidad suficiente para elegir bien a sus gobernantes honestos, que con leyes honestas y conducta personal honesta conduzcan honestamente los destinos de la Patria. El docente debe inculcar en sus estudiantes un acendrado patriotismo, que consiste sobre todo en defender a la Patria no sólo de enemigos exteriores, sino también de los enemigos interiores que amenazan su libertad, socavan su economía y corrompen el ejercicio de la función pública. Necesitamos un docente con moral autónoma, ya que no está obligado a desempeñar funciones que no estén de conformidad con la escala de valores morales que respalden su condición de profesional digno. En este sentido, el docente deberá reflejar un compromiso Ético, que no es otra cosa que preguntarse (como docente, profesor, pedagogo, licenciado) frente a su alumno(a), a la sociedad y al país. "¿estoy haciendo con mi trabajo lo propio que beneficia a este alumno(a), lo necesario que beneficia a la sociedad donde estoy inserto, lo trascendente para mi país y para la raza humana?" Consecuencialmente, ¿estoy participando de lo que tengo derecho? Una confianza que se entrega a una conciencia, a una conciencia profesional. El educador deberá identificar los errores didácticos y metodológicos para evitarlos; debe ser íntegro y cumplir con todo aquello que sea necesario para formar al educando con honestidad intelectual, o sea: buscar, aceptar, amar, vivir y transmitir la verdad. Porque la única verdad, éticamente hablando, es que siempre que se debe decir la verdad, hay que decir la verdad. En este sentido, los educadores son responsables de sus palabras, del tono con que las dicen; de sus silencios, de sus gestos, de los contenidos de sus enseñanzas, de las experiencias en las que hacen participar a los educandos, de los ejemplos que dan con su propia conducta, de su vida pública tendiente a una absoluta interrelación entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace, pues por medio del ejemplo se dice más que todo lo que podemos expresar por medio de palabras, así nuestros alumnos no nos podrán decir: "no me puedes decir que me esfuerce por ser mejor si tú no lo vives"; ¡Maestro!, tu ejemplo me habla tan alto, que tus palabras no oigo. El alumnado aprende más del comportamiento docente que de su conocimiento. Nadie olvida a un buen maestro o profesora, y no lo olvida por lo que enseñaba sino por cómo era. El niño y el adolescente ven muy alto al maestro o al profesor, lo admiran, lo idealizan y el docente debe ser consciente de todo eso. No será responsable del alumno, sino con él de un bien común. Si no se logra esto, el docente no será culpable, sino incapaz ante la sociedad, pero en su conciencia moralmente culpable. Tiene la obligación de un examen de conciencia que valore su equilibrio psicofísico, lo que supone un firme dominio de la función volitiva sobre los sentimientos, las emociones, las palabras, los gestos y los movimientos del cuerpo en general, manifestándolo mediante el decoro, adecuándose a las circunstancias de lugar y tiempo. Debe poner cuidado, entonces, en su aseo personal, su forma de vestir, su voz, su vocabulario, etc. esto lo otorga autoridad moral y hace que sus alumnos lo consideren un referente ético con autoridad en lo que enseña. Cuando se sorprenda a sí mismo en un error o ignorancia, estará éticamente excusado, teniendo en cuenta la limitación humana, si tiene la sana humildad de reconocer su error y consultar a sus colegas. En el caso que fuera consultado por temas expuestos por un colega, por ética profesional, debe mantener el respeto hacia el otro sin emitir juicios de valor frente al alumno, en ese caso, se puede plantear el tema con el colega.
En conclusión, el aspecto intelectual del docente se reduce a saber realizar el éxito educativo, y para ello, es necesario saber concebirlo, prepararlo, organizarlo, ejecutarlo y explotarlo. La verdadera misión del educador empieza por la autoformación. Aquí es muy importante destacar que se habla de formación y no de información; pues esto puede verse confundido en la actualidad, especialmente por el fenómeno del credencialismo (“titulismo”, “fiebre de los diplomas”). Un buen profesor es el que logra interesar a los alumnos en el estudio, les enseña a trabajar y les ayuda a esforzarse. Los alumnos afirman sentirse más motivados por el profesor que prepara cuidadosamente sus clases, que revisa las tareas y corrige a tiempo los exámenes. Si queremos una verdadera Educación para el Emprendimiento, el docente debe ser un líder en su aula y hacerse responsable de los resultados académicos que obtiene. Siguiendo la Escuela para Maestros, las características esenciales que debe tener un docente para propiciar un clima que favorezca el aprendizaje, son: Entusiasmo: el entusiasmo que se observa en un maestro cuando está enseñando promueve que sus alumnos se identifiquen con él y con lo que están aprendiendo; el Docente Como Modelo: cuando un maestro se transforma en un modelo de sus alumnos favorece enormemente el aprendizaje de lo que enseña; Calidez y Empatía: es difícil ser un buen docente sin interesarse genuinamente por los alumnos. A esto alude la calidez. La empatía, tiene que ver con la capacidad del docente para comprender cómo se sienten sus alumnos y contemplar sus puntos de vista. Ambas cualidades deben estar revestidas de autenticidad; Expectativas Positivas: se refieren a las inferencias que el docente hace acerca de los logros futuros de sus alumnos, basados en lo que saben ahora de ellos.Aquí me quedo por hoy, pero la reflexión continúa… Como hemos visto son muchas las acciones tanto morales, científicas, de gestión y competencias personales que debe exhibir un docente en su aula, pero que pasa luego con ese docente?, quien lo apoya’, quien le ayuda?, quien lo supervisa o acompaña?, que investigaciones se hacen para verificar dicho perfil?
“La docencia es una profesión emocionalmente apasionante, profundamente ética e intelectualmente exigente, cuya complejidad solamente es vivida por quienes solemos poner el cuerpo y el alma en el aula”
Para establecer un perfil coherente del profesorado hay que partir de una serena reflexión de qué es lo que la sociedad demanda de la educación, qué teorías educativas y del aprendizaje sustentan nuestra labor docente y con qué corrientes pedagógicas y metodológicas nos pretendemos desarrollar esa labor. En este sentido, el docente se enfrenta a un doble reto: por un lado, el de aprender a usar las TIC para su provecho personal, y por otro, el de llevar a cabo su incorporación en el aula. No se trata por tanto en establecer un perfil del docente que esté acorde con la era de las TIC, sino más bien de que el docente asuma como necesario e inherente a su profesión la necesidad de mantenerse en una permanente actitud de esfuerzo por el perfeccionamiento y actualización de sus técnicas didácticas y metodológicas por medio de la investigación y la evaluación de su práctica docente, a fin de enriquecerla. Necesitamos un docente primeramente humano y que utilice la tecnología. Debe estar seguro que el cambio se inicia con uno mismo y no esperar que alguien "haga" el cambio. En este sentido, lo más importante es implicarle e ilusionarle en un proyecto realista y con futuro. Si los maestros se sienten implicados en un proyecto interesante e innovador, fruto de un proceso interiorizado y sin imposición externa, las garantías de éxito son elevadas. “Ningún maestro responsable debería resistirse a las nuevas necesidades que aparecen con las T.I.C., adaptarse o irse”. Necesitamos un docente que trabaje en equipo, que colabore más en la construcción "colectiva" en la elaboración y la implementación del Proyecto Educativo Institucional. Debe favorecer la participación activa de los alumnos y dar espacios para que ellos tomen decisiones. Hay que hacer al estudiante cada vez más protagonista de su propio aprendizaje, y que los materiales producidos los puedan “publicar” o exponer en la red. Necesitamos un docente con espíritu crítico y análisis de calidad, para enseñar a los estudiantes a tener un juicio crítico sobre los medios de comunicación y las T.I.C. La selección y la aplicación de unos criterios de calidad se hacen no ya necesarios sino imprescindibles. Necesitamos que el docente posea competencias para planificar y programar, evaluar, distribuir el tiempo, el espacio, etc., potenciar la programación pluridisciplinar e interdisciplinar, ya que resulta crucial si queremos obtener el éxito en el trabajo y en especial con los medios informáticos ya que nada se puede dejar a la improvisación o el azar. Necesitamos un docente tolerante, que ponga freno al egoísmo que impide ver al otro con compasión. El objeto de la tolerancia son las diferencias inofensivas que no atentan contra la dignidad humana, así logrará tener un grupo heterogéneo que generará propuestas innovadoras que apuntarán a un mismo fin educacional.
El docente debe inculcar en la escuela conciencia política, sobre bases éticas; la conciencia social, sobre bases tradicionalmente cristianas. Así el ciudadano adulto tendrá capacidad suficiente para elegir bien a sus gobernantes honestos, que con leyes honestas y conducta personal honesta conduzcan honestamente los destinos de la Patria. El docente debe inculcar en sus estudiantes un acendrado patriotismo, que consiste sobre todo en defender a la Patria no sólo de enemigos exteriores, sino también de los enemigos interiores que amenazan su libertad, socavan su economía y corrompen el ejercicio de la función pública. Necesitamos un docente con moral autónoma, ya que no está obligado a desempeñar funciones que no estén de conformidad con la escala de valores morales que respalden su condición de profesional digno. En este sentido, el docente deberá reflejar un compromiso Ético, que no es otra cosa que preguntarse (como docente, profesor, pedagogo, licenciado) frente a su alumno(a), a la sociedad y al país. "¿estoy haciendo con mi trabajo lo propio que beneficia a este alumno(a), lo necesario que beneficia a la sociedad donde estoy inserto, lo trascendente para mi país y para la raza humana?" Consecuencialmente, ¿estoy participando de lo que tengo derecho? Una confianza que se entrega a una conciencia, a una conciencia profesional. El educador deberá identificar los errores didácticos y metodológicos para evitarlos; debe ser íntegro y cumplir con todo aquello que sea necesario para formar al educando con honestidad intelectual, o sea: buscar, aceptar, amar, vivir y transmitir la verdad. Porque la única verdad, éticamente hablando, es que siempre que se debe decir la verdad, hay que decir la verdad. En este sentido, los educadores son responsables de sus palabras, del tono con que las dicen; de sus silencios, de sus gestos, de los contenidos de sus enseñanzas, de las experiencias en las que hacen participar a los educandos, de los ejemplos que dan con su propia conducta, de su vida pública tendiente a una absoluta interrelación entre lo que piensa, lo que dice y lo que hace, pues por medio del ejemplo se dice más que todo lo que podemos expresar por medio de palabras, así nuestros alumnos no nos podrán decir: "no me puedes decir que me esfuerce por ser mejor si tú no lo vives"; ¡Maestro!, tu ejemplo me habla tan alto, que tus palabras no oigo. El alumnado aprende más del comportamiento docente que de su conocimiento. Nadie olvida a un buen maestro o profesora, y no lo olvida por lo que enseñaba sino por cómo era. El niño y el adolescente ven muy alto al maestro o al profesor, lo admiran, lo idealizan y el docente debe ser consciente de todo eso. No será responsable del alumno, sino con él de un bien común. Si no se logra esto, el docente no será culpable, sino incapaz ante la sociedad, pero en su conciencia moralmente culpable. Tiene la obligación de un examen de conciencia que valore su equilibrio psicofísico, lo que supone un firme dominio de la función volitiva sobre los sentimientos, las emociones, las palabras, los gestos y los movimientos del cuerpo en general, manifestándolo mediante el decoro, adecuándose a las circunstancias de lugar y tiempo. Debe poner cuidado, entonces, en su aseo personal, su forma de vestir, su voz, su vocabulario, etc. esto lo otorga autoridad moral y hace que sus alumnos lo consideren un referente ético con autoridad en lo que enseña. Cuando se sorprenda a sí mismo en un error o ignorancia, estará éticamente excusado, teniendo en cuenta la limitación humana, si tiene la sana humildad de reconocer su error y consultar a sus colegas. En el caso que fuera consultado por temas expuestos por un colega, por ética profesional, debe mantener el respeto hacia el otro sin emitir juicios de valor frente al alumno, en ese caso, se puede plantear el tema con el colega.
En conclusión, el aspecto intelectual del docente se reduce a saber realizar el éxito educativo, y para ello, es necesario saber concebirlo, prepararlo, organizarlo, ejecutarlo y explotarlo. La verdadera misión del educador empieza por la autoformación. Aquí es muy importante destacar que se habla de formación y no de información; pues esto puede verse confundido en la actualidad, especialmente por el fenómeno del credencialismo (“titulismo”, “fiebre de los diplomas”). Un buen profesor es el que logra interesar a los alumnos en el estudio, les enseña a trabajar y les ayuda a esforzarse. Los alumnos afirman sentirse más motivados por el profesor que prepara cuidadosamente sus clases, que revisa las tareas y corrige a tiempo los exámenes. Si queremos una verdadera Educación para el Emprendimiento, el docente debe ser un líder en su aula y hacerse responsable de los resultados académicos que obtiene. Siguiendo la Escuela para Maestros, las características esenciales que debe tener un docente para propiciar un clima que favorezca el aprendizaje, son: Entusiasmo: el entusiasmo que se observa en un maestro cuando está enseñando promueve que sus alumnos se identifiquen con él y con lo que están aprendiendo; el Docente Como Modelo: cuando un maestro se transforma en un modelo de sus alumnos favorece enormemente el aprendizaje de lo que enseña; Calidez y Empatía: es difícil ser un buen docente sin interesarse genuinamente por los alumnos. A esto alude la calidez. La empatía, tiene que ver con la capacidad del docente para comprender cómo se sienten sus alumnos y contemplar sus puntos de vista. Ambas cualidades deben estar revestidas de autenticidad; Expectativas Positivas: se refieren a las inferencias que el docente hace acerca de los logros futuros de sus alumnos, basados en lo que saben ahora de ellos.Aquí me quedo por hoy, pero la reflexión continúa… Como hemos visto son muchas las acciones tanto morales, científicas, de gestión y competencias personales que debe exhibir un docente en su aula, pero que pasa luego con ese docente?, quien lo apoya’, quien le ayuda?, quien lo supervisa o acompaña?, que investigaciones se hacen para verificar dicho perfil?